Nancy Ayllón:
Recuerdos del extinto, y acucioso periodista Alfonso Tealdo sobre el desaparecido líder del partido aprista Victor Raul HAYA DE LA
TORRE.
Una crónica olvidada sobre la personalidad de Haya. Alfonso
Tealdo, director de la revista "¡Ya!", una de las más polémicas de la
segunda mitad del siglo pasado, conoció al líder aprista en una circunstancia
muy peculiar que le permitió conocerlo a fondo. Aquí la historia.
Escribe: Alfonso
Tealdo.
Estábamos, entonces, en plena campaña política. Fue en los
primeros días de junio de 1945. Yo acababa de regresar de la gira al sur con
(José Luís) Bustamante. Vine con un resfrío de los mil demonios. Pero ese día
iba a pronunciar un discurso Haya de la Torre en el Callao y yo nunca lo había
oído hablar. Esa noche llovió. Haya de la Torre no fue puntual. Apareció en uno
de los balcones de la Plaza Garibaldi con más de una hora de retraso.
Lo conocí esa noche del Callao. Lo conocí fortuitamente.
Después de su discurso, fui a uno de los chifas de la calle Sáenz Peña. Quería
tomar algo caliente que me aliviara. Había mucha gente. Los chinos
gesticulaban, pálidos y nerviosos. A uno de ellos le oí, entonces, pronunciar
el nombre de Haya de la Torre. Le pregunté si se hallaba allí, y él me contestó
afirmativamente.
En un comedor reservado, en efecto, estaba. Al mirar por
entre los barrotes de una reja, lo vi en el centro de una mesa. Comía. Él
también me vio. Hasta ahora no sé por qué, pero hizo el gesto de los que
invitan a pasar. Yo hice el gesto de los que no pueden hacerlo a través de una
reja. Entonces, mandó que la abrieran e ingresé al comedor. Me hizo sentar a su
lado. La comida china se presta para confraternizar. Para comer de un mismo
plato. (...)
Luego me dijo:
– ¿Quiere usted viajar conmigo a Piura?
Acepté. Acepté porque creía que ese viaje no era tan
inminente como resultó a la postre y a los postres. Porque de ese comedor, a
los pocos minutos, salimos para Piura sin parar.
EL LIBRO SECRETO
Fue una carrera verdaderamente brutal. Hubo una breve
detención en Trujillo y nada más. Durante el trayecto, sólo comimos naranjas de
Palpa. Al pasar por Chiclayo, Haya de la Torre me dijo:
– ¡Quiero regalarle un libro! Dígame cuál quiere.
Yo le respondí que iba a pensarlo. No se me ocurrió ninguno
adecuado. Al cabo de unas horas, le
Respondí:
–Deseo "Por quién doblan las campanas", de
Hemingway.
No le gustó a Haya de la Torre mi elección: una apología de
los comunistas durante la guerra civil española. Haya de la Torre cumplió con
su ofrecimiento. Una tarde, en casa de Carcovich desapareció de repente. A la
media hora regresó.
–Aquí está el libro que usted quería y otro que he escogido
yo.
Abrí el paquete: en una rústica y muy pobre edición:
"Por quién doblan las campanas", de Hemingway;
y en una lujosísima edición inglesa dedicada: "Retratos
romanos". Cabezas, bustos de tribunos, emperadores y guerreros.
Fotografías de piedra eterna. Esa tarde, terminé de conocer a Haya de la Torre.
(...)
JUEGOS DE NIÑOS
En cierta ocasión, escuché un significativo diálogo entre el
personero de una comunidad indígena y Haya de la Torre. Se conocían desde la
infancia. Evocaban juegos y travesuras infantiles.
– ¿Se acuerda –le dijo– cuando jugábamos haciendo
buquecitos?
–En el canal de Moche, ¡cómo no! –respondió Haya de la
Torre.
–Usted se obstinaba en que los buques navegaran contra la
corriente (...).
¡Hacer navegar contra la corriente! Siempre contra la
corriente. La oposición sistemática. Una fatalidad ahondada en la personalidad.
Ineludible. Involuntario como un factor de ruina en la tragedia. Porque Haya de
la Torre no es un hombre para el triunfo sino para la lucha. Igual a un
instrumento de la dialéctica. Un impulso hegeliano. (...) Así es Haya de la
Torre.

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